lunes, marzo 02, 2009

La siutiquería del tano

Igual se mantiene bien para sus 65 años. Don Giancarlo maneja un radiotaxi de la empresa Flash –que se demora 20 minutos en enviarte un móvil. “Hace 7 años que hago esta pega y en el turno de mañana –dice–, comienzo a las cuatro de la madrugada y ‘tipin’ tres de la tarde estoy desocupado”. Debe ser el trabajo ideal, al menos para él. Maneja su auto como quien navega a vela por las costas de Bahía Inglesa; se nota que está a sus anchas. Feliz. Pleno. “Puede que yo no sea muy inteligente, menos una gran pensador. Pero los italianos tenemos el estilo en la sangre”. Don Giancarlo se mira con orgullo en el espejo retrovisor del auto: tiene tres pelos blancos en la calva, pero los lleva con honor. “Yo soy de familia napolitana, de los […] –apellido impronunciable. Míreme usted, que debe saber de vestirse; no me miente esa corbata café de tablón que lleva; de las que se usaban en mi época. Por Dios que éramos fijados antes en la facha de uno. Siempre me gustó vestirme bien, mi papá me enseñó desde chico.”

Don Giancarlo maneja a un ritmo prudente. Son las cinco de la mañana y Santiago está desolado; el primer día hábil de marzo augura una debacle cercana. Todos vuelven a las calles, la ciudad recupera su ritmo; a él le importa un bledo: “con su perdón, a esta hora las luces rojas son como las chiquillas de las casas de remolienda con su periodo: nadie sabe para que sirven y mucho menos las respetan. Yo me hice hombre en una de esas. Me acuerdo que se llamaba Joaquina. Tenía 28 años. Imagínese, yo apenas 16 y me acosté con esta mujer hecha y derecha. Me hizo pebre.” Bajamos por avenida Grecia casi en neutro. Don Giancarlo de verdad que no tiene apuro; una roja, dos, ni hablar de disco Pare. La calle es suya. “¿Se acuerda de las peinetas Pantera? Por la ‘rechita’ que estaban de moda, ¿se acuerda? Seguramente no. Todos llevaban una en el bolsillo trasero del pantalón de cotelé; los más producidos llenaban una frasquito de colonia con puro jugo de limón natural: la mejor gomina. ¿Me imagino que sabe ese secreto? Y nos poníamos grase de carreta en la cara para tener barba. Figúrese, con apenas 16 años yo tenía patillas y un pelo rubio largo. Si por eso la Joaquina me hizo rechupete.”

Don Giancarlo casi se pasa de largo en Campo de Deportes. Mientras manejaba con su mano izquierda, con la otra intentaba sacar algo de la guantera; no lo encontró. “En esa época me molestaban harto mis amigos. Me acuerdo que una vez usé en una fiesta, donde tocaban puro Elvis Presley, unos mocasines de gamuza argentinos preciosos, imagínese. Como somos los chilenos, todos se reían, diciéndome que esos los usaban las mujeres, que estaba loco y un montón de tonteras: cuatro años después se pusieron de moda y todos los usaban. Fui un pionero. Y yo siempre he intentado que mis hijos que son may…”

–Don Giancarlo, aquí es, por favor. Dije mientras miraba de reojo la cuenta.
–Son $ 5.690, joven. Que le vaya bien. Se me hizo corto el viaje.

miércoles, febrero 25, 2009

De paseo por el centro

Me decía que el caminaba así de rápido, que no iba a parar. Un pie adelante del otro, clap, clap, clap; yo dos metros atrás de él. Sólo me quedaba correr a su lado.
–Cuando yo era chico tu Avi caminaba como si estuviera escapando de alguien, y eso que es más chico que tu –insiste mi padre –, yo sólo podía ir corriendo a su lado como tu, o me quedaba atrás.
Escuché esta frase casi hasta los 10 años. De ahí en adelante vinieron veranos de deformidad constante: 5, 10, 15, ¡hasta 25 centímetros por verano llegaba a crecer! Nada me quedaba bien en apenas dos meses.
–Es cuestión de alimentación –dice mi padre mientras camina. Nosotros no pasamos la guerra civil, como tus tíos o primos. Ellos no conocieron el Yogurt hasta bien entrados los años ’50. No tuvieron tu suerte.
Ahora me miraba en el escaparate de una desaliñada tienda de televisores. Es cierto, soy alto. Miro hacia atrás; se me olvidaba mi padre. Tiene 60, ya no camina como antes.
–Sigue a tu ritmo, yo te alcanzo. El problema es que me pasaste en apenas 4 años: de 1,50 a casi 1,90, cabrón –dice mientras esquiva a un ciego y su bastón en plena calle Agustinas.
–¿Pregunto por ella de inmediato o esperamos a que nos atienda? –miro hacia atrás en tono de aprobación. Hace un mes y medio que el banco y sus líos burocráticos me tienen hastiado; de la noche a la mañana desaparecieron 315.000 pesos de mi cuenta, nadie responde.
–Ve tranquilo y di lo tuyo. Si no hay respuesta, pues te pones tozudo, pero de ahí no sales sin una solución –dice mientras su ceño de frunce de una forma característica. Llevo 23 años viendo ese espacio entre sus cejas. Cuando se arruga así está hablando en serio.
De ahí en adelante es como si no recordara nada. Asumí una faceta que no acostumbro a emplear.
–Hablaste solamente tu, yo no dije nada –me palmotea el hombro aprobando la forma en que encaré al Gerente del banco. – ¡Hace 10 años me hubieses hecho callar si yo armo el escándalo que montaste adentro con él! Ven, te invito a una Coca-Cola. Te van a devolver el dinero.

jueves, enero 22, 2009

Garganta profunda

Tengo 23 años, un título de periodista y Licenciado en Comunicación Social en la puerta del horno y pega estable; nunca se me habría pasado por la cabeza que al inicio de este camino como profesional de las comunicaciones tendría mi propio “garganta profunda”, un particular sujeto que durante un mes me guió por las oscuras sendas de un barrio céntrico para investigar lo que, al menos para él, iba a ser el golpe noticioso del año.

Todo empezó a comienzos de octubre de 2008. Yo seguía con ese ritmo suicida de estudiar de martes a viernes y trabajar de sábado a domingo: no lo recomiendo. Un día cualquiera, estando de turno en el canal, Don Emilio me llamó a su oficina. El Emilio es ese típico editor al que nada le afecta; puede estar derrumbándose el mundo a su alrededor y él se mantiene tranquilo, como una taza de leche. No es menor que estuvo durante toda la dictadura apernado como editor en TVN y nunca alguien se enteró de que su postura política no estaba precisamente alineada con la del ‘gobierno’ de turno. Apenas me acerqué a su despacho me extendió la mano –sin despegar la vista de su computador como es costumbre– y me dijo: “Castell quiero que te hagas cargo de este tema. Este tipo llamó haciendo una denuncia sobre unos falsificadores de cédulas de identidad y varios otros documentos. Llámalo. Podrías seguir el caso y hacer un reportaje a fondo, pero tómalo con calma.”

De mi futuro informante no sabía nada. Sólo que se llama Miguel –así le pondré–, y que su celular era inusualmente fácil de recordar. Comienza con varios ceros y termina con otros tantos sietes. Lo llamé, nada. Intenté de nuevo, nada otra vez. Ese día me fui para mi casa con la cola entre las piernas. Quería saber de qué se trataba esta denuncia, juntarme con él para comenzar a establecer esa confianza ficticia que, tal cual uno ve en las películas o lee en los libros, suele existir entre periodista e informante. Ya dormido, a las 3 de la mañana sonó mi celular, era un teléfono irreconocible; era él. “Hola, soy Miguel ¿con quién hablo?” Le conté quién era yo y por qué había sido tan insistente en llamarlo. “Ah, te estoy llamando de un teléfono público, quiero evitar que alguien interceda la línea. Estos peruanos culiaos tienen ojos hasta en la raja y como no tengo tu teléfono registrado desconfié.” Intercambiamos un par de palabras más y debido a mi estado a esas horas de la noche, y a que el chirrido del teléfono poco me dejaba entender, le propuse juntarnos al día siguiente en Plaza de Armas. Aceptó.

Cerca del mediodía Miguel me llamó. Iba a llegar atrasado por mil razones entrecruzadas que nunca logré entender, pero nuestro encuentro se trasladó a un pasaje perdido entre dos galerías comerciales, a pasos de la calle Catedral. Aproveché de decirle cómo iba vestido, para que me reconociera. En realidad debo reconocer que estaba expectante. Nunca había tenido alguien interesado en ser mi informante. Por otro lado, esa dinámica periodista-informante, que hacia mediados de 1974 llevó a Bob Woodward y Carl Bernstein descubrir el caso Watergate –lo que a la postré le significó a Richard Nixon dejar la Casa Blanca en agosto de ese mismo año–, es algo que, creo, llama la atención de todo aquel que eligió las letras y la comunicación como oficio. Iba a tener mi propio ‘garganta profunda’, eso pensaba en mi fuero interno. De verdad que estaba expectante.

A la media hora de estar parado en un lúgubre pasaje cerca de calle Catedral, me tocaron el hombro: ya era hora. Me había fumado cerca de tres cigarros y por fin el Miguel aparecía. De mediana estatura, un tanto panzón y con una calva demasiado avanzada para los 30 y pico que yo le echaba, tenía en su cara una expresión de absoluta desconfianza. Ojeroso –luego me confesó que era conductor del SAMU en turno de trasnoche–, nunca quitaba la vista de mis manos; comenzaba a ponerme nervioso. El dato de este tipo constaba en tres supuestos locales en el centro de Santiago donde una ‘banda de peruanos’ se dedicaba a vender cédulas de identidad, liquidaciones de sueldo y cuanto documento gubernamental se te pudiese ocurrir, “estos cholos hacen de todo”, me decía cada cinco minutos, con cierto tono xenófobo muy difícil de soportar.

Durante las próximas tres semanas pasó de todo. Con cámara oculta y caracterizados como jóvenes ciudadanos españoles que acababan de llegar a Chile para buscar pega en lo que fuera, recorrimos una y otra vez ese ‘circuito de la ilegalidad’ –como él le llamaba–, y cada vez nos encontrábamos con más información. Teníamos a estos peruanos con las manos en la masa, de verdad que era un golpe periodístico. Sin tomar en cuenta los al menos cinco llamados diarios que Miguel me hacía –más uno que otro mensaje de tono conspirativo–, era soportable lidiar con mi ‘garganta profunda’. Tenía historias interesantes que contar, aunque a ratos su delirio de persecución respecto a la corrupción reinante en Santiago agobiaba, pero podía soportarlo. No es menor que él mismo se adjudicaba sendos reportajes que en su momento había hecho el ‘Aquí en Vivo’ o ‘Contacto’ y en todos, según aseguraba, el dato inicial había sido suyo.

Cuento corto, a fines de octubre se murió Ricardo Claro, el tema de mi proyecto de título, y tuve que dejar de lado mis escapadas periodísticas junto al Miguel. En el canal me entendieron y por casi una semana no lo llamé, pero él sí. Comenzó a presionarme para emitir el reportaje tal cual estaba, me acuso de encubridor y ‘amigo de los cholos’, hasta pensó que yo estaba involucrado en esta red de falsificadores. Craso error. El Miguel resultó ser un antiguo medio-adicto con un extenso historial de datos inconsistentes a los periodistas locales, de aquellos ciudadanos que, sin mala intención, quieren ser los héroes –y no anónimos– de la sociedad. Luego me enteré de sus peripecias por otros canales y de cómo otorga datos que, aunque muchas son ciertos en su raíz más simple, él mismo maquilla para hacerlos parecer esa papa caliente que todo periodista joven quieren lanzar en exclusiva a la contingencia nacional. El problema es que la papa venía podrida.

viernes, diciembre 14, 2007

Transpirando por la inspiración

Nunca he sabido qué es lo que me inspira. De hecho creo que siempre me ha costado demasiado enfocarme en aquello que quiero concretar -sea un artículo, una carta o una canción-, en desmedro del propio fin. El problema es que no encuentro los medios. En el fondo sé a qué se debe. Creo que desde chico tengo un leve problema de déficit atencional que nunca fue tratado. 'Curioso' era la palabra típica que escuchaba de la misma boca de mis profesores de básica, familiares o amigos.

Siempre me acuerdo de que cuando tenía cuatro años, en algunos de aquellos viajes que nos pegábamos con mis viejos y hermana por las carreteras interiores entre Barcelona y Paris, con una pequeña casa rodante como albergue -irnos de camping le llamábamos-, mi entretención del camino era preguntar hasta el cansancio qué era lo que cargaba en su interior cada camión que veía. Obviamente era tal mi insistencia que mis viejos por agotamiento terminaban inventándose palabras para que me callara un rato.

Ya más grande esa misma curiosidad -aunque insisto en que son problemas de concentración-, me llevó a pasar de ser el curioso al desubicado. Nunca he tenido filtro. Meto la pata. Siempre voy más allá de las tallas que el resto inicia. Soy el típico huevón que te va a preguntar, luego de no verte en más de dos años, como está tu polola o tu abuela. La respuesta siempre es la misma. O terminaron, o se murió -generalmente una semana antes.

A fin de cuentas esa curiosidad, desubicación, falta de concentración o cómo carajo quieran llamarle, me llevó a dónde estoy hoy. Estudio Periodismo. De hecho estoy a un año de titularme, así que algo le debo. Y aunque, cronológicamente, quise ser arqueólogo, basquetbolista profesional, médico, kinesiólogo y publicista, finalmente me decidí por el Periodismo. ¿Múltiple personalidad? No creo. A fin de cuentas creo que es tal mi poca capacidad de concentración en una sola tarea, que tuve que elegir una carrera donde mis pares 'sufren' de lo mismo. Inquietud. Sed de saber más, aunque generalmente de cosas que a nadie le importan mucho.

Hace más de dos años que tengo botado este blog. Un amigo me hinchó tanto para revivirlo -no crean que por mi 'excelente pluma', más bien para buscar un cómplice-, que finalmente lo hice. Y justo hoy, a esta hora, cuando debería estar escribiendo un texto para un trabajo que me pagan -aunque no muy bien-, lo estoy reviviendo.

¿Alguien dijo déficit atencional? Qué se yo. Son tan pocas las fuentes de inspiración que al fin y al cabo reírme de mi mismo es lo único que me hace sentido.