jueves, enero 22, 2009

Garganta profunda

Tengo 23 años, un título de periodista y Licenciado en Comunicación Social en la puerta del horno y pega estable; nunca se me habría pasado por la cabeza que al inicio de este camino como profesional de las comunicaciones tendría mi propio “garganta profunda”, un particular sujeto que durante un mes me guió por las oscuras sendas de un barrio céntrico para investigar lo que, al menos para él, iba a ser el golpe noticioso del año.

Todo empezó a comienzos de octubre de 2008. Yo seguía con ese ritmo suicida de estudiar de martes a viernes y trabajar de sábado a domingo: no lo recomiendo. Un día cualquiera, estando de turno en el canal, Don Emilio me llamó a su oficina. El Emilio es ese típico editor al que nada le afecta; puede estar derrumbándose el mundo a su alrededor y él se mantiene tranquilo, como una taza de leche. No es menor que estuvo durante toda la dictadura apernado como editor en TVN y nunca alguien se enteró de que su postura política no estaba precisamente alineada con la del ‘gobierno’ de turno. Apenas me acerqué a su despacho me extendió la mano –sin despegar la vista de su computador como es costumbre– y me dijo: “Castell quiero que te hagas cargo de este tema. Este tipo llamó haciendo una denuncia sobre unos falsificadores de cédulas de identidad y varios otros documentos. Llámalo. Podrías seguir el caso y hacer un reportaje a fondo, pero tómalo con calma.”

De mi futuro informante no sabía nada. Sólo que se llama Miguel –así le pondré–, y que su celular era inusualmente fácil de recordar. Comienza con varios ceros y termina con otros tantos sietes. Lo llamé, nada. Intenté de nuevo, nada otra vez. Ese día me fui para mi casa con la cola entre las piernas. Quería saber de qué se trataba esta denuncia, juntarme con él para comenzar a establecer esa confianza ficticia que, tal cual uno ve en las películas o lee en los libros, suele existir entre periodista e informante. Ya dormido, a las 3 de la mañana sonó mi celular, era un teléfono irreconocible; era él. “Hola, soy Miguel ¿con quién hablo?” Le conté quién era yo y por qué había sido tan insistente en llamarlo. “Ah, te estoy llamando de un teléfono público, quiero evitar que alguien interceda la línea. Estos peruanos culiaos tienen ojos hasta en la raja y como no tengo tu teléfono registrado desconfié.” Intercambiamos un par de palabras más y debido a mi estado a esas horas de la noche, y a que el chirrido del teléfono poco me dejaba entender, le propuse juntarnos al día siguiente en Plaza de Armas. Aceptó.

Cerca del mediodía Miguel me llamó. Iba a llegar atrasado por mil razones entrecruzadas que nunca logré entender, pero nuestro encuentro se trasladó a un pasaje perdido entre dos galerías comerciales, a pasos de la calle Catedral. Aproveché de decirle cómo iba vestido, para que me reconociera. En realidad debo reconocer que estaba expectante. Nunca había tenido alguien interesado en ser mi informante. Por otro lado, esa dinámica periodista-informante, que hacia mediados de 1974 llevó a Bob Woodward y Carl Bernstein descubrir el caso Watergate –lo que a la postré le significó a Richard Nixon dejar la Casa Blanca en agosto de ese mismo año–, es algo que, creo, llama la atención de todo aquel que eligió las letras y la comunicación como oficio. Iba a tener mi propio ‘garganta profunda’, eso pensaba en mi fuero interno. De verdad que estaba expectante.

A la media hora de estar parado en un lúgubre pasaje cerca de calle Catedral, me tocaron el hombro: ya era hora. Me había fumado cerca de tres cigarros y por fin el Miguel aparecía. De mediana estatura, un tanto panzón y con una calva demasiado avanzada para los 30 y pico que yo le echaba, tenía en su cara una expresión de absoluta desconfianza. Ojeroso –luego me confesó que era conductor del SAMU en turno de trasnoche–, nunca quitaba la vista de mis manos; comenzaba a ponerme nervioso. El dato de este tipo constaba en tres supuestos locales en el centro de Santiago donde una ‘banda de peruanos’ se dedicaba a vender cédulas de identidad, liquidaciones de sueldo y cuanto documento gubernamental se te pudiese ocurrir, “estos cholos hacen de todo”, me decía cada cinco minutos, con cierto tono xenófobo muy difícil de soportar.

Durante las próximas tres semanas pasó de todo. Con cámara oculta y caracterizados como jóvenes ciudadanos españoles que acababan de llegar a Chile para buscar pega en lo que fuera, recorrimos una y otra vez ese ‘circuito de la ilegalidad’ –como él le llamaba–, y cada vez nos encontrábamos con más información. Teníamos a estos peruanos con las manos en la masa, de verdad que era un golpe periodístico. Sin tomar en cuenta los al menos cinco llamados diarios que Miguel me hacía –más uno que otro mensaje de tono conspirativo–, era soportable lidiar con mi ‘garganta profunda’. Tenía historias interesantes que contar, aunque a ratos su delirio de persecución respecto a la corrupción reinante en Santiago agobiaba, pero podía soportarlo. No es menor que él mismo se adjudicaba sendos reportajes que en su momento había hecho el ‘Aquí en Vivo’ o ‘Contacto’ y en todos, según aseguraba, el dato inicial había sido suyo.

Cuento corto, a fines de octubre se murió Ricardo Claro, el tema de mi proyecto de título, y tuve que dejar de lado mis escapadas periodísticas junto al Miguel. En el canal me entendieron y por casi una semana no lo llamé, pero él sí. Comenzó a presionarme para emitir el reportaje tal cual estaba, me acuso de encubridor y ‘amigo de los cholos’, hasta pensó que yo estaba involucrado en esta red de falsificadores. Craso error. El Miguel resultó ser un antiguo medio-adicto con un extenso historial de datos inconsistentes a los periodistas locales, de aquellos ciudadanos que, sin mala intención, quieren ser los héroes –y no anónimos– de la sociedad. Luego me enteré de sus peripecias por otros canales y de cómo otorga datos que, aunque muchas son ciertos en su raíz más simple, él mismo maquilla para hacerlos parecer esa papa caliente que todo periodista joven quieren lanzar en exclusiva a la contingencia nacional. El problema es que la papa venía podrida.

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