jueves, julio 02, 2009

Columna de un Don nadie

Si esperas leer una columna de un referente de opinión, ¡detente ahí! Esto es, smplemente, el punto de vista de un periodista realmente joven, inexperto y con varios de los vicios profesionales que va a criticar.


A mediados de 1971, en pleno gobierno de Salvador Allende, un grupo de afamados pintores sudamericanos –realmente no me acuerdo de sus nombres-, desembarcaron en Chile. Era el auge de las artes plásticas en nuestro país, pero ellos no se cuadraban tanto con ese optimismo. “La pintura ha muerto; ya nada nuevo se puede inventar de ahora en adelante”, dijeron ante la mirada incrédula –y un tanto encabronada- de los alumnos de Bellas Artes de la Universidad de Chile, en pleno ‘Encuentro del Conosur’.

Era una teoría que venía rondando hace un par de años en el ambiente cultural de la región, de tono similar a lo que se dijo que pasaría con la radio al inventarse la televisión, o lo que ahora se augura respecto a los diarios gracias a la Internet. Dos años después de eso estalló el Golpe Militar en nuestro país y sí, tal cual el vaticinio, el apagón cultural se expandió tan rápido como el fuego en los tomos del ‘Cubismo’, quemados enérgicamente por los militares que pensaban estar destruyendo la obra culmine de un tal Marx. La pintura por muchos años estuvo muerta en Chile. Claro, los mejores y más jóvenes artistas estaban o exiliados, patiperreando por Europa, o simplemente muertos. ¿Qué tiene esto que ver con el Periodismo actual? La verdad mucho.

A comienzos de los ’80, casi al unísono y mientras muchas revistas contrarias al régimen de Pinochet se empeñaban en desarrollar un periodismo de investigación serio e irrefutable, comenzaron a figurar en la escena plástica local una serie de pintores que, con las herramientas de la opresión, reinventaron la pintura chilena. Samy Benmayor y Bororo, son sólo algunos de los nombres. Tomaron este discurso de los fatalistas del ‘Encuentro del Conosur’, lo asumieron como un desafío y dijeron: “ajo y agua…a joderse y a aguantarse. Tienen razón; innovemos y cambiemos la pintura chilena.” Cumplieron a cabalidad. Nuevamente al unísono, mientras sus cuadros eran expuestos en las principales galerías del país y vendían por montones, las mismas revistas de periodismo investigativo que brillaron durante la dictadura, comenzaban ahora a morirse, por desinterés, ante la llegada de tan esperada democracia.

De esos medios ya no hay rastro. Ni “Análisis”, ni “Apsis”, ni “Cauce” o “El Fortín Mapocho”. Todas se acabaron, aunque varios de sus periodistas siguen dando que hablar, ya sea por su calidad o por sus desbandes éticos –y estéticos-, al posar junto a Obama afuera de la Casa Blanca. La famosa foto. La que gatilló fuego cruzado entre periodistas, opinólogos, lectores, televidentes y cuanto menjunje hay dentro de la jungla de los nutridores de medios y quienes se alimentan de ellos. No quedó títere sin cabeza.

Fernando Paulsen lo dice en su columna de opinión, en respuesta al texto que Andrés Azócar y Luis Argandoña realizaron respecto a la famosa foto. Paulsen discrepa de varios de los argumentos del primer texto y pone los conflictos de interés y el sensacionalismo como los elementos primordiales de los problemas del periodismo actual, ese que justamente nosotros, como periodistas jóvenes, protagonizamos. Si no han leído la columna de Paulsen, publicada en El Mostrador, no tiene sentido leer el resto.

¿Qué pasa entonces con los periodistas jóvenes? Preferiría hacer caso omiso de esto, pero realmente es una realidad que me aflige porque, tal como los aspirantes a artistas de la Universidad de Chile en el ‘71, frente a los comentarios de los exponentes del ‘Encuentro del Conosur’, concuerdo tristemente con gran parte del pronóstico. Salimos de la Universidad dispuestos a trabajar donde sea y como sea con tal de tener una pega ‘decente’, que se relacione a lo que estudiamos. Si nos va muy mal postulando a medios de comunicación, atiborrados ya de periodistas apernados, optamos por la Comunicación Estratégica, aunque esa nunca haya sido nuestra primera opción y sólo la hubiésemos considerado como una herramienta a futuro, cuando queramos tener familia, horario decente y un sueldo digno. Nos bajamos los pantalones ante los editores y directores de prensa, simplemente porque ellos nos llevan ventaja en el oficio; adquirimos sus mismos vicios, mañas y terminamos escribiendo y redactando para ellos, no para los lectores, televidentes o radio escuchas. Nos golpeamos el lomo con nuestros colegas de los otros medios y, dependiendo de la ocasión, sí, reporteamos en manada. ¿Somos un desastre? Probablemente y es tan culpa nuestra como del medio mismo.

Es ahora, y en los próximos 10 años, cuando más cosas se pueden hacer para cambiar el periodismo chileno de raíz. No se trata de finiquitar el contrato de viejos estandartes, muchos menos de borrarlos del mapa. Se trata, según mi humilde e inmadura opinión, de tomar las ventajas que brinda el medio. El Internet ya está ahí, la revolución está en proceso. La televisión –espero-, será digital en un par de año más: se debería democratizar el medio, aumentar la competitividad profesional y por ende la calidad de la caja idiota. La radio está en su mejor momento. Ni Ipods o Mp3 podrán desplazarla. El podcast, al contrario de matarla, le está dando un valor agregado, al brindarte la oportunidad de ‘descargar’, por ejemplo, un programa que te perdiste a la hora del taco. El mismo Congreso aprobó recién una ley para el financiamiento de las radios comunales. ¿Los diarios? Es verdad, su futuro es incierto, pero sólo los nuevos modelos de negocios, que conjuguen bien su relación con la Web, podrán transformar una amenaza, en una real oportunidad.

Si no es acá donde los periodistas jóvenes tenemos un papel que jugar, ¿entonces dónde? Tengo casi 24 años. Casi cada día llego del canal a mi casa desmoralizado, por haber tenido que cubrir una noticia irrelevante, muy lejana a los grandes golpes noticiosos que leíamos en la Universidad. No respeto a muchos de mis editores y de hecho, en un año y medio, he aprendido más de camarógrafos y choferes que de ellos mismos. Pero lo que también he aprendido es que no hay peor cosa que quejarse de una realidad, o de un gremio, y no hacer nada al respecto para cambiarla. De muchos ‘Don nadie’, como yo, depende que eso cambie para siempre.

No hay comentarios.: